.

¿ERES BUENO TOMANDO DECISIONES?

En el ambiente laboral, a la mayoría de los ejecutivos nos gusta pensar que se nos paga por tomar decisiones.  A decir verdad, a medida que vamos tomando más y más responsabilidades, efectivamente le dedicamos más tiempo a pensar que dedicarnos a hacer.

Quizás sea por este supuesto de “homo-decisorum” que es difícil en ambientes de negocios encontrarse con gente que crea que no sabe decidir. Es más, ni siquiera solemos plantearnos el decidir como una actividad sobre la que uno pueda saber. La gente decide y punto. “Y si me pagan por hacerlo, debe ser que soy muy bueno en esto, ¿no?”

Habitualmente se considera a la decisión como un acto, una cuestión de segundos, en lugar de un proceso que puede estructurarse. Sin embargo, en las organizaciones, las decisiones suelen involucrar a varias personas, tener muchas idas y vueltas, se evalúan múltiples impactos y son afectadas por muchas variables. Quizás por eso, cuanto mejor tomamos las decisiones, mejores resultados podemos obtener.

AdobeStock_64823836.jpeg

Nuestras propias trampas

A la hora de tomar decisiones, el funcionamiento de nuestra mente es apasionante. Un aspecto particularmente interesante es el relacionado con las trampas que nos tendemos y en las que habitualmente caemos.

Existen varios factores que influyen en que creamos que somos mejores decisores que el promedio. Está muy estudiado que la mayoría de las personas creemos ser superiores a la media, no solo en toma de decisiones, sino en muchas otras habilidades. Este sesgo llamado “Lake Wobegon Effect” (o “Better than the average effect”) se comenzó a indagar a través de un estudio realizado a automovilistas años atrás en Estados Unidos, en el que el 93% de las personas dijeron tener habilidades de conducción superiores al promedio . Curioso, ¿no? Por supuesto que, si la media es el promedio de la población, la mitad de la gente debería estar por encima y la otra por debajo.

El que esté libre de sesgos...

Existen una serie de sesgos que influyen en nosotros de forma cotidiana y que cada vez se documentan y estudian más en los principales centros de investigación. Los sesgos implican llegar a un juicio sobre el objeto antes de determinar la preponderancia de la evidencia (también llamados por eso prejuicios). En particular, los sesgos cognitivos son distorsiones que afectan al modo en el que los humanos percibimos la realidad y con esto, la forma en que decidimos.

Los sesgos pueden ocurrir en la búsqueda, interpretación o recuperación de información, pero en todos los casos nos llevan a conclusiones erróneas.

Las investigaciones nos muestran que cuanto menos competente es la gente, menos probable es que se dé cuenta de ello. La sobre confianza está en las raíces de los seres humanos. Por ejemplo, el sesgo de confirmación es un fenómeno donde quienes toman las decisiones tienden a dar más peso a las evidencias que soportan o confirman sus pre-conceptos; e ignoran o infravaloran las evidencias que desaprueban las hipótesis deseadas, lo que provoca errores de interpretación del mundo que los rodea.

El sesgo de retrospectiva sucede cuando, una vez que se sabe lo que ha ocurrido, se tiende a modificar el recuerdo de la opinión previa a que ocurrieran los hechos, en favor del resultado final. ¿Escuchó alguna vez a alguien aseverar: «siempre supe que iba a pasar, lo sabía»?  Este efecto de: «yo ya lo había supuesto» es producto de estar sesgados por el conocimiento de lo que realmente ha pasado cuando evalúan su capacidad de predicción. Es otro mecanismo por el que tendemos a creer que somos buenos decisores.

El sesgo de autoservicio2 , o sesgo por interés personal (en inglés self-serving bias) es un sesgo de atribución que se da muy frecuentemente, y aparece cuando atribuimos los éxitos a nuestra propia habilidad, mientras que los fracasos se los atribuimos a las circunstancias o a la mala suerte. Por ejemplo, un estudiante obtiene una buena nota en un examen y dice: “¡He logrado una buena nota porque soy inteligente y he estudiado duro!” mientras que otro estudiante que ha sacado una nota inferior, murmura por lo bajo: “¡El profesor me puso una mala nota porque no le caigo bien!”. 

Ahora bien, ¿crees que estos sesgos no se aplican a ti?

Es posible que esto sea fruto de otro sesgo muy estudiado: el del punto ciego. Éste nos enseña que uno mismo no se da cuenta de sus propios prejuicios cognitivos. ¡Todos solemos considerarnos mucho menos sujetos a los sesgos descriptos que la persona promedio!

En definitiva, la ciencia nos ofrece cada vez más evidencias de que es necesario prestar atención a la forma en que decidimos. Si las decisiones que tomamos definen el futuro de nuestras vidas y el destino de las organizaciones en las que trabajamos, tal vez debamos prestar atención a la manera en que lo hacemos. ¿No?

1.      Swenson, O. (1981). “Are we all less risky and more skillful than our fellow drivers?”.

2.      Dale Miller y Michael Ross fueron los primeros en sugerir este sesgo de atribución.


ErnestoW-01.png

Autor: Ernesto Weissman / Director / Tandem - Soluciones de Decisión

e. info@tandemsd.com

w. www.tandemsd.com