HUELLAS: EL COMPROMISO SOCIAL Y URBANO DEL DESARROLLO INMOBILIARIO

Toda intervención humana genera una huella. En un mundo ideal, marcado irreductiblemente por la conciencia, la lógica tendría que ser que quien genera la huella debe pensar en minimizarla y en compensar su efecto asumiendo un claro compromiso con la sociedad y el entorno afectado. Hay que entender que aún en el mejor de los escenarios, el ser humano es un depredador, el cual usa en exceso el entorno en su beneficio y deja huellas por doquier, tan grandes y profundas que van dando forma a un nuevo entorno. Así es como se forman las ciudades, a partir de la suma de las huellas humanas que unas sobre otras se van acumulando. Pero ojo, las ciudades son inevitablemente fruto de la planeación.

Ciudades eficientes, justas en lo social y competitivas en lo económico, no son fruto de la casualidad, sino consecuencia lógica y directa de procesos integrales y planeados que están acompañados de ajustes regulatorios, inversiones y procesos participativos en los que todos los segmentos de la sociedad unifican visión, objetivos y estrategias.

Las ciudades son el mayor invento del hombre. Son la fuente insospechada de oportunidades cuando las cosas se hacen bien, pero monstruo de las mil cabezas cuando todo se hace mal. Porque, cuando una ciudad es un mugrero, dispersa, sin transporte, con malos espacios públicos y con una ciudadanía desvinculada y poco participativa, es también resultado de la planeación. Es resultado de la falta de procesos integrales de planeación y en consecuencia, de profundas deficiencias regulatorias, limitadas o inexistentes inversiones en infraestructura, y una sociedad dividida, en la que cada tribu tiene su propia idea de lo que debiera ser la ciudad.

Hay que decir que el desarrollo inmobiliario está llamado a ser un instrumento fundamental en los procesos urbanos, canalizando inversión privada para generar los activos físicos indispensables para que una ciudad cumpla con su vocación y sea el entorno propicio para el desarrollo de la sociedad y de la economía, sobre la base de esquemas que protejan el medio ambiente, consoliden eficiencias urbanas y tracen escenarios que permitan la transformación gradual a lo largo del tiempo.

Las ciudades no se hacen o dicho con mayor precisión, no debieran hacerse pensando en atender los problemas de hoy, sino considerando generar una respuesta integral encaminada a la eficiencia urbana futura. Una ciudad necesita desarrollo inmobiliario porque sus habitantes necesitan dónde vivir y dónde desarrollar sus diferentes actividades. Entonces, en un balance imaginario de los procesos urbanos, el desarrollo inmobiliario debería ubicarse no en la columna de los problemas, sino, muy al contrario, en la de las soluciones.

El reto está en cazar a la perfección el potencial del desarrollo inmobiliario con los objetivos y escenarios de planeación de un proyecto de ciudad, reconociendo que el sector inmobiliario no es una actividad productiva más, sino un instrumento de gestión urbana que tiene profundo compromiso con el futuro de la ciudad y que éste tiene diferentes vertientes, porque implica cumplir objetivos de desarrollo social, y al mismo tiempo, con los que tienen que ver con desarrollo económico, eficiencia urbana y sustentabilidad.

Hay que puntualizar que esta necesidad, de que quien hace un edificio asuma la parte de compromisos que le corresponde, no puede estar sujeta a la buena voluntad del desarrollador y menos cuando esta buena voluntad no está alineada con la contundente realidad del marco regulatorio que marca la forma en que se lleva a cabo esta actividad. La responsabilidad del desarrollador debe existir como punto de partida, pero para hacerse tangible es indispensable que esté en sintonía con un proyecto integral de ciudad, debidamente acompañado con regulación e inversión en infraestructura.

El desarrollo inmobiliario debe ser ese instrumento que viene a cumplir las vocaciones planteadas en un modelo de planeación urbana y dosificación estratégica de usos de suelo. Los edificios se necesitan, pero no se deben construir donde se pueda, sino donde hacen falta. Asumiendo el desarrollo inmobiliario de esta forma, quedan para los empresarios inmobiliarios una serie de compromisos con sociedad, ciudad, barrio en que se ubica su proyecto y medio ambiente. Compromisos que se pueden atender fácilmente con solo plantear desde un inicio proyectos integralmente planeados para cumplir una función que responda a objetivos de carácter social, económico, urbano y ambiental.

Un proyecto inmobiliario no vale solo por lo que hay de sus paredes hacia adentro, ni por lo que aporta a la imagen urbana cuando su arquitectura es de calidad, sino éste vale cuando responde a un objetivo cuidadosamente planeado para consolidar la estructura barrial y urbana, cuando se vincula o genera espacio público, cuando atiende retos de movilidad y ambientales.

Un proyecto inmobiliario vale cuando genera valor a la sociedad y a la ciudad y además, se convierte en solución y en el puente que permite que la ciudad avance hacia un mejor futuro. Uno que no sea de casualidad, sino resultado directo de un proceso debidamente planeado y conducido.

Autor: Arq. Horacio Urbano / Cofundador y Presidente / Centro Urbano

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