EN CHIAPAS SE REUNEN TODOS LOS COLORES DE MÉXICO

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Aquel jueves por la noche llegué a Chiapas, me hospedé en un hotel en el corazón de Tuxtla Gutiérrez y decidí salir a caminar para buscar algo de cenar. En pocos minutos me encontré dentro de un kiosko, acompañada de una banda cuya música me confirmó que estaba en medio del Parque de la Marimba. Dos hombres golpeaban aquellas láminas de madera mientras dos trompetas sonaban, creando un ambiente folclórico que nos animaba a todos los presentes; algunas parejas bailaban divertidas alrededor. Me hubiera gustado unirme, pero preferí seguir buscando dónde comer. Rápidamente fui seducida por el aroma de uno de los antojitos más populares del lugar, los esquites con chayote, y no me resistí a probarlos.

Aún era temprano, por lo que decidí caminar un poco más. Siguiendo unas luces de colores, llegué a la Iglesia de San Marcos, cuya fachada parecía transformarse y con un show multimedia mostraba imágenes de la cultura maya y hasta una danza para chicos. ¡Que bella bienvenida! Esto solo era el inicio de la aventura, así que regresé al hotel a descansar, pensando en todo lo que me faltaba aún por ver.

A la mañana siguiente me desperté muy temprano porque no quería perder tiempo. Un delicioso café chiapaneco llenó de calor mi mañana y acompañó mi desayuno. Mi primer destino era el Cañón del Sumidero, todo hubiera sido perfecto de no haber olvidado mi repelente de moscos, porque vaya que estos insectos me tomaron gran cariño.

Un auto me acercó lo mayormente posible, entonces me adentré caminando a la selva y llegué al primero de los cinco miradores, llamado El Roblar. Me recibió con un hermoso paisaje y un viento templado agitaba mi cabello mientras mis ojos apenas parpadeaban al admirar ese color verde intenso de la vegetación sobre las paredes del cañón con más de mil metros de altura. Seguí caminando hasta llegar a “El Tepehuaje”; desde ahí se puede ver la curva que hace el Río Grijalva. 

No podría quedarme solo con esa imagen, tenía que conocerlo desde otra perspectiva y me animé a bajar y navegarlo en lancha. Me sentía tan pequeña rodeada de esas inmensas paredes de rocas, ¡algunas con caídas de agua que las hacían más imponentes! Me sorprendió lo limpio que mantienen el parque.

Mi segundo destino fue el Zoológico de Tuxtla Gutiérrez, donde caminé por un estrecho puente colgante. Lo interesante del lugar es que solo conservan fauna regional y los animales se mantienen dentro de su hábitat natural. Pude apreciar, desde un majestuoso jaguar, hasta una resbaladiza serpiente, así como enormes cocodrilos en el agua, pequeños monos araña que danzaban entre los árboles, iguanas doradas y aves de colores vibrantes tales como el quetzal, el ave mitológica de hermoso plumaje.

Al día siguiente conduje al Centro Ecoturístico: Cascadas El Chiflón. Un par de zapatos cómodos y antiderrapantes fueron mis mejores aliados. Para llegar a la cascada principal hay que recorrer un sendero de más de 1,200 metros en el bosque, donde la fuerza del agua se hace paso a través de la sierra, mostrando la perfección de los caprichos de la naturaleza. Por fin llegué a la caída de agua mejor conocida como Velo de Novia; la brisa que desprende fue un alivio refrescante y el sonido, de lo más relajante. Mi miedo a las alturas quedó de lado cuando preferí tomar el camino corto y divertido de regreso, una tirolesa. El aire golpeando mi rostro y la vista panorámica me hizo pensar que esta es la libertad que sienten las aves al sobrevolar todo.

Por la tarde llegué a San Cristóbal de las Casas, tomé un breve descanso y avancé por los 79 escalones para llegar a la Iglesia de Guadalupe; más que por un motivo religioso, es por la mejor vista del lugar. Estaba a punto de atardecer, así que decidí ir por algo de comer. Al bajar, tomé varias fotografías del arte callejero que el pueblo ofrece, fauna, flora y tradiciones plasmadas en varias de las fachadas que guiaban mi camino.

Desde temprano me fui a los Lagos de Montebello, visité a Pojoj, donde noté la profundidad y transparencia del agua mientras navegaba en una balsa; esto debe ser lo más cerca que he estado de sentir la tranquilidad que hay en un paraíso. El atardecer me descubrió en Las Guacamayas, estaba rodeada de árboles de más de 30 metros de altura y del sonido de los monos aulladores, así que decidí pasar la noche en una acogedora cabaña.

Al amanecer, con todo y maleta, me fui a hospedar a Palenque. Lo primero que quería visitar fueron las Cascadas de Agua Azul. Manejé por una hora y después a caminar. Quedé enamorada del tono azul turquesa del agua, el verde de la vegetación y el sonido acuático inagotable, hasta me di tiempo de nadar y relajarme por un rato en una pequeña poza. Regresé agotada y dormí temprano para poder ir desde que salieron los primeros rayos de sol al Parque Arqueológico Palenque.

Caminando entre esos grandes templos solemnes, pensaba en cómo había sido la vida de los Mayas en esa imponente ciudad que anteriormente lucía de color roja. Escuché la historia de su último gran gobernante, Pakal, y me quedé admirada por la belleza del Templo de las Inscripciones. Se dice que solo se ha descubierto el 2% de las edificaciones y el resto aún está bajo la Selva Lacandona.

Así termina mi viaje. Por la noche debía volver a la Ciudad de México, pero regresé diferente, envuelta en color, sabor y cultura que Chiapas me había brindado.


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Autor: Jacqueline Arteaga / Alvitour México

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