LA DE AL LADO NO ES COMPETENCIA, ES COMPAÑERA.

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Una de las bases del movimiento feminista es el concepto de sororidad, la cual se refiere a la hermandad, al compañerismo y al apoyo entre mujeres, que tiene como objetivo el empoderamiento del género femenino.

Estoy segura de que en algún punto la mayoría, sino es que todas las mujeres, hemos apoyado o promovido de alguna manera el feminismo. Hemos exigido que el rol de la mujer cambie, nos quejamos de la violencia hacia la mujer, la inequidad, del abuso; hablamos sobre empoderarnos o erradicar la discriminación, desigualdad de género o machismo que existe en nuestra sociedad actual. Las mujeres estamos luchando por mejorar esto, sin darnos cuenta de que para que eso cambie, también tenemos que cambiar nosotras. 

Creo que muchos hemos escuchado la frase “El peor enemigo de una mujer, es otra mujer” o “Las mujeres juntas, ni difuntas” Y si reflexionamos, muchas veces es muy cierta. 

Analicemos nuestro comportamiento y lenguaje día con día; con frecuencia nosotras mismas hablamos, pensamos o nos referimos peor hacia las demás mujeres que como lo hacen los hombres y los tratos o etiquetas de las que tanto nos quejamos y queremos erradicar, son exactamente los mismos que utilizamos para juzgarnos o aprobarnos entre nosotras, ¿o no?

¿Cuántas veces no nos hemos referido a otra mujer, que a veces ni siquiera conocemos, con adjetivos despectivos, humillantes o denigrantes? 

¿Cuántas veces no hemos criticado, nos hemos burlado o hemos agredido a otra mujer por la manera en que se viste, por su orientación sexual, por su pasado, por su apariencia física, por las personas con las que se junta o por los lugares a los que va? 

¿Cuántas veces no hemos esparcido chismes o contado historias personales (que a veces ni nos consta que son reales) que afectan la vida a otras mujeres? 

¿Cuántas veces no hemos utilizado frases como: “seguro se embarazó adrede”, “es una naca”, “es que está divorciada”, “¿ya viste que trae puesto?”, “le urge anillo”, “uy, está toda operada”. Muchas de nosotras nos podemos identificar con al menos uno de los escenarios pasados. ¿Acaso esto no es un claro ejemplo de violencia hacia la mujer? Nosotras mismas estamos siendo parte de la violencia, opresión y discriminación hacia la mujer, porque en este escenario no se ve la “inclusión” de la que tanto hablamos y tampoco se ve la “libertad” que tanto exigimos. 

Para lograr un cambio social real hace falta comprender, tanto mujeres como hombres, que ninguna mujer tiene la obligación de encajar en un específico y cuadrado molde social en cuanto a apariencia, ideologías y comportamiento para merecer ser tratada con respeto. 

Basta de tratos clasistas, sexistas, hipócritas o envidiosos entre nosotras. Las demás mujeres son nuestras compañeras, no nuestras rivales. Sintámonos orgullosas del éxito de otras mujeres, entendamos sus problemas en lugar de juzgar su situación, digámonos cumplidos más seguido, impulsemos nuestros proyectos, defendamos mutuamente nuestros derechos, veamos comúnmente por nuestros intereses y respetemos nuestros gustos personales. 

Lesbianas, discapacitadas, heterosexuales, divorciadas, indígenas, profesionistas, viudas, monjas, prostitutas, emprendedoras, amas de casa, estudiantes… somos todas mujeres. Distintas pero no desiguales, simple y sencillamente: mujeres. 

El día en que las mujeres dejemos de destruirnos entre nosotras, el día en que dejemos de utilizar factores tan insignificantes y superficiales como nuestros gustos, nuestro físico, nuestra vestimenta, nuestra posición social o nuestra orientación sexual, para con base en esto aceptarnos o rechazarnos entre nosotras, ese día seremos mujeres verdaderamente libres. 

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JessicaFdz

@mpvmanagemment.com




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